Estos latidos roncos y pesados
quebrados por un tiempo que no entiende
de latidos, conjuran cada día
una muerte delgada y silenciosa.
Nos habita una amarga letanía,
el runrun de un reloj que se consume
mientras mudos pasean nuestros ojos
ajenos a la vida.
muy interesante poema. Me gusta, me suscribo.
ResponderSuprimirPasa por mi blog.
Saludos!